MISLATAMAN: ORANGE POWER

martes, 22 de noviembre de 2005

Pobreza,terrorismo y modelos

Del artículo de Daniel Pipes: "¿Es la pobreza la causa del islamismo?":

Se comenta que los "modelos de integración" de los inmigrantes han fracasado en Europa. En Francia obviamente, y en el Reino Unido también, nos recuerdan los pobre francofilos más desorientados que nunca, lo cual alegan ellos se puso de manifiesto a raíz de los atentados de Londres.

Yo no creo que sean temas similares o realidades que se puedan comparar. Por un lado tenemos terrorismo islamista (suicida) y por otro una revuelta callejera, vandalismo,malestar social,marginación etc. NO es lo mismo, ni sus causas las mismas.

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Atta...¿Un inmigrante no integrado? NO


Son dos cosas distintas y no deberían confundirse, porque tras estos análisis que hablan del fracaso del modelo británico, se encuentra la premisa de que la penuria socioeconómica lleva a los musulmanes al extremismo. Las pruebas, sin embargo, no respaldan estas suposiciones.

El Islam militante (o islamismo) no es una respuesta a la pobreza o a la miseria. Bangladesh o Malí no solamente no son semilleros del islamismo, sino que el Islam militante a menudo ha surgido en países de rápido crecimiento económico. Los factores que originan que el islamismo decaiga o florezca parecen tener más que ver con factores de identidad que con la economía.

La sabiduría convencional - que la presión económica origina el Islam militante y que hace falta crecimiento económico para desgastarlo - tiene muchos seguidores bien situados. Incluso algunos islamistas en persona aceptan esta conexión. Con esta mentalidad, las organizaciones islamistas militantes ofrecen una amplia gama de prestaciones sociales para captar seguidores.

También promocionan lo que llaman "la economía islámica" como "el más amable sistema de solidaridad de una sociedad". Bajo tal sistema, los justos no caen, los honrados no perecen, los necesitados no sufren, los inválidos no se desesperan, los enfermos no mueren de falta de cuidados, y la gente no se destruye mutuamente.

Pero las pruebas concretas muestran poca correlación entre economía e islamismo. Las medidas totales de riqueza y tendencias económicas se equivocan al predecir donde cobrará fuerza el islamismo y dónde no. Respecto a los individuos, el saber convencional también señala que el islamismo atrae a los pobres, y a los marginales, pero la investigación descubre que la verdad es exactamente la contraria. En la medida en que los factores económicos explican quién se hace islamista, apuntan a los acomodados, no a los pobres.

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¿Un paria de la tierra?


Tómese a Egipto como un test. En un trabajo de 1980, el sociólogo egipcio Saad Eddin Ibrahim (Saad Eddin Ibrahim, "Anatomy of Egypt's Militant Islamic Groups: Methodological Note and Preliminary Findings," International Journal of the Middle Eastern Studies) entrevistó en las cárceles egipcias a islamistas y concluyó que el militante típico es "un joven veinteañero, de procedencia rural o de una pequeña ciudad, de clase media a media alta, con éxito y motivación profesionales, que está ascendiendo en la escala social, con educación científica o técnica superior, y normalmente de familia cohesionada". En otras palabras, concluía Ibrahim, estos jóvenes estaban "marcadamente por encima de la media de su generación"; eran "jóvenes egipcios ideales o ejemplares". En una investigación posterior, averiguó que de 34 miembros del grupo violento At-Takfir wa'l-Hijra, 21 eran hijos de funcionarios, casi todos ellos de rango medio. Más recientemente, el servicio secreto de seguridad canadiense averiguó que los líderes del grupo islamista Al-Jihad "son generalmente universitarios de clase media". No son hijos de la pobreza ni de la desesperación.

Otros investigadores confirman estos datos respecto a Egipto. En un estudio de los problemas económicos del país, Galal A. Amin, economista de la Universidad Americana de El Cairo destaca "cuán infrecuente es encontrar ejemplos de fanatismo religioso entre los estratos sociales más altos o más bajos de la población egipcia". Cuando su ayudante en El Cairo se volvió islamista, la periodista norteamericana Geraldine Brooks expresa su sorpresa: "Había creído que la vuelta al Islam era la elección desesperada de los pobres que buscaban consuelo celestial. Pero Sahar [su ayudante] no estaba desesperada ni era pobre. Formaba parte casi de la estratosfera de la clasista sociedad egipcia".

Y también cabe señalar este relato de la brillante periodista Hamza Hendawi: en Egipto,

"Una nueva hornada de predicadores con traje de negocios y teléfonos móviles están conduciendo a un número cada vez mayor de ricos y poderosos, de sus modos de vida occidentales hacia el conservadurismo religioso. Los modernos imanes dan sus seminarios en los banquetes de algunas de las más lujosas casas y hoteles egipcios junto al mar para complacer el gusto por la comodidad de los ricos".

Lo que es verdad para Egipto sigue siéndolo para otros lugares: igual que el fascismo y el marxismo-leninismo en su apogeo, el islamismo atrae a individuos muy capaces, entusiastas y ambiciosos.

Incluso los islamistas que hacen el sacrificio final y entregan su vida encajan en este esquema de situación financiera saneada y estudios universitarios. Un número desproporcionado de terroristas y suicidas tienen estudios superiores, a menudo en ingeniería y ciencias. Esta generalización es válida también para los suicidas palestinos que atacan a Israel y a los seguidores de Osama ben Laden que secuestraron los cuatro aviones del 11 de Septiembre. En el segundo caso, las biografías de los asesinos del 11 de Septiembre sugieren que la raíz del terrorismo es "el dinero, la educación y el privilegio". En términos más generales, Fathi ash-Shiqaqi, fundador de la asesina Jihad Islámica, comentó una vez: "Algunos de los jóvenes que se han sacrificado [en operaciones terroristas] procedían de familias acomodadas y tenían fructíferas carreras universitarias". Es lógico, porque los suicidas que se lanzan contra enemigos exteriores ofrecen sus vidas no para protestar contra la miseria sino para cambiar el mundo.

Entre los suicidas de Londres tenemos universitarios hijos de empresarios, conversos al Islam y profesores de una escuela primaria.
Lo que les movía era la ideología no la pobreza.

Los que apoyan a las organizaciones islamistas también tienden a estar en una buena posición económica. Proceden más a menudo del entorno urbano, que es más rico que el rural, un hecho que, como Khalid M. Amayreh, periodista palestino, señala, contradice la creencia general de que la popularidad del islamismo florece en la miseria. "Y no sólo proceden de la ciudad, sino también de los escalones superiores. Una sorprendente cuarta parte de los miembros de una organización islamista turca, llamada ahora el partido Saadet, han sido ingenieros. Además, el dirigente típico de un partido islamista es un ingeniero de cuarenta años, nacido en la ciudad, de padres que vienen del campo". Amayreh señala que en las elecciones parlamentarias jordanas de 1994, a los Hermanos Musulmanes les fue tan bien en los distritos de clase media como en los pobres. Concluye a partir de este dato que "una mayoría de los islamistas y sus votantes proceden de los estratos medios y superiores".

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Martin Kramer, director del Middle East Quarterly, va más allá y ve el islamismo como

"El vehículo de las anti - élites, de la gente que por educación o por ingresos, son miembros potenciales de la élite, pero que por una razón u otra están marginados. Su educación puede carecer de algún elemento crucial de los que dan prestigio; la fuente de su riqueza puede estar un poco enturbiada. O pueden tener un origen oscuro. Por ello a pesar de que son cultos y ricos, tienen un motivo de queja: sus ambiciones están bloqueadas, no pueden traducir sus ventajas socioeconómicas en influencia política. El islamismo es particularmente útil a esta gente, en parte porque mediante una manipulación cuidadosa, es posible reclutar a seguidores entre los pobres, que son buena carne de cañón".

Kramer cita a los llamados Tigres Anatolios, empresarios que han tenido un papel crucial en el respaldo al partido islamista de Turquía, como ejemplo de esta anti - élite en su forma más pura.

No es un producto de la pobreza

El mismo esquema que vale para los islamistas en particular se da también en el ámbito de la sociedad.

Primero, la riqueza no inmuniza contra el islamismo. Los kuwaitíes disfrutan de unos ingresos occidentales (y deben la misma existencia de su Estado a Occidente) pero los islamistas generalmente obtienen el núcleo mayor de escaños parlamentarios (actualmente, veinte de cincuenta).

El islamismo prospera en los estados de la UE y en Norteamérica, mientras que los islamistas como grupo disfrutan de un nivel de vida más alto que la media nacional. Y de los musulmanes, como señala Khalid Durán, los islamistas tienen generalmente los ingresos más altos: "En los EE.UU. la diferencia entre los islamistas y los musulmanes corrientes es básicamente la de tener y no tener. Los musulmanes tienen las cifras; los islamistas, los dólares".

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En segundo lugar, una economía floreciente no inmuniza contra el Islam radical. Los movimientos islamistas de hoy despegaron en los 70, precisamente cuando los estados exportadores de petróleo gozaron de índices de crecimiento extraordinarios. Muammar Gadhafi desarrolló su versión excéntrica de protoislamismo entonces; los grupos fanáticos de Arabia Saudí tomaron violentamente la Gran Mezquita de la Meca; y el Ayatolá Jomeini tomó el poder en Irán (aunque, al parecer, el crecimiento se había relajado algunos años antes de la caída del Shah). En los años 80, algunos países que habían sobresalido económicamente experimentaron una explosión islamista. Jordania, Túnez y Marruecos, los tres marchaban bien económicamente en los 90 - lo mismo que sus movimientos islamistas. Los turcos con Turgut Ozal disfrutaron de casi una década de un crecimiento económico particularmente impresionante al tiempo que se afiliaban a partidos islamistas en número cada vez mayor.

En tercer lugar, la pobreza no genera el islamismo. Hay muchos Estados musulmanes muy pobres pero pocos de ellos se han convertido en centros de islamismo -ni Bangladesh, ni Malí, ni Níger, ni Nigeria. Como un especialista americano señala correctamente, "la desesperación económica, frecuentemente citada como causa del poder islamista, es común en Oriente Medio"(pero no en África que es muchísimo más pobre); si el islamismo está vinculado a la pobreza, ¿por qué no era una fuerza mayor en los años y los siglos anteriores, cuando la región era más pobre que hoy en día?.

En cuarto lugar, una economía en declive no genera islamismo. El colapso de 1997 en Indonesia y Malasia no promovió un amplio giro hacia el islamismo. Los ingresos de Irán han caído a la mitad o menos desde que la República Islámica llegó al poder en 1979; no obstante, lejos de aumentar el apoyo de la ideología islamista del régimen, el empobrecimiento ha causado una alienación masiva del Islam.

Considerando estos ejemplos, al menos unos pocos observadores han apuntado la conclusión correcta. El sincero laico argelino Saïd Sadi, rechaza de plano la tesis de que la pobreza nutre el islamismo: "No me sumo al punto de vista de que el elevado desempleo y la pobreza producen el terrorismo". Igualmente, Amayreh cree que el islamismo "no es un producto o una secuela de la pobreza".

Ofrecer una vida decente

Si la pobreza origina el islamismo, el crecimiento económico es la solución. Y por ello, en países tan distintos como Egipto y Alemania, los políticos defienden concentrarse en construir riqueza y promocionar el empleo para combatir el islamismo. En lo más álgido de la crisis argelina durante la mitad de los años 90, cuando el gobierno requirió ayuda económica occidental, implícitamente amenazó con que sin esta ayuda los islamistas prevalecerían. Esta interpretación tiene resultados prácticos: por ejemplo, el gobierno tunecino ha dado algunos pasos hacia el mercado libre pero no ha hecho privatizaciones por temor a que las nutridas filas de los parados alimentaran a los grupos islamistas. Lo mismo sucede con Irán, donde las políticas blandas de Europa y Japón se basaban en la noción de que sus lazos económicos con la República Islámica pacificarían y la apartarían del aventurismo militar.

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El Presidente de Irán, espoleando la carrera nuclear.


Este énfasis sobre la creación de empleo y riqueza también transformó los esfuerzos por poner fin al conflicto árabe - israelí en la época de Oslo. Antes de 1993, los israelíes habían insistido en que la solución implicaría que los árabes reconocieran al Estado judío y definieran fronteras aceptables para ambos. Después, tras 1993, llegó un importante cambio: aumentar la prosperidad árabe se convirtió en la meta, esperando que así disminuyera el atractivo del islamismo y otras ideologías radicales. Se esperaba que un salto económico diera a los palestinos un compromiso con el proceso de paz, reduciendo así el atractivo de Hamas y de la Jihad Islámica. En este contexto, Serge Schmemann, del New York Times, escribió (sin aportar pruebas) que Arafat "sabe que erradicar el terrorismo finalmente dependerá más de facilitar una vida digna que de usar la fuerza".

El analista israelí Meron Benvenisti estaba de acuerdo: "el carácter militarista del Islam deriva de la frustración profunda de los desposeídos... El ascenso de Hamas está directamente ligado al deterioro de la situación económica y a la frustración y degradación acumuladas por la ocupación continua". Simón Peres también lo valoraba así: "El terrorismo islámico no puede ser combatido militarmente, sino mediante la erradicación del hambre que lo produce". Dirigidos por esta teoría, los estados occidentales e Israel dieron miles de millones de dólares a la Autoridad Palestina. Aún más notoriamente, el gobierno israelí combatió los esfuerzos de los activistas proisraelíes de Estados Unidos que querían supeditar la ayuda norteamericana a la OLP a que Arafat cumpliera sus promesas formales con Israel.

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En esta tardía fecha, no se necesita señalar la falsedad de los presupuestos de Oslo. La riqueza no resuelve los odios; un enemigo rico puede simplemente ser uno más capacitado para hacer la guerra. Los occidentales y los israelíes supusieron que los palestinos considerarían prioritario el crecimiento económico, mientras que ha sido una preocupación secundaria. En su lugar han importado cuestiones de identidad y de poder, pero la creencia en la tesis de "islamismo resultado de la pobreza" es tan fuerte que el fracaso de Oslo no ha logrado desacreditar la fe en los beneficios políticos de la prosperidad. Así, en agosto de 2001, un veterano funcionario israelí respaldaba la construcción de una planta eléctrica en el norte de Gaza con el argumento de que proporcionaría empleos, "y cada [palestino] que trabaja es un par de manos menos para Hamas".

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Un argumento distinto

Si la pobreza no es la fuerza motriz detrás del islamismo, se derivan algunas consecuencias políticas. Primero, la prosperidad no puede ser contemplada como la solución del islamismo y la ayuda exterior no puede servir como la principal herramienta del mundo exterior para combatirlo. En segundo lugar, la occidentalización tampoco aporta una solución. Al contrario, muchos destacados líderes islamistas no sólo están familiarizados con las costumbres occidentales, sino que son expertos en ellas. En particular, un número desproporcionado tienen títulos superiores en tecnología y ciencias. A veces parece que la occidentalización es un camino para odiar a Occidente. En tercer lugar, el crecimiento económico no lleva inevitablemente a mejorar las relaciones con los estados musulmanes. En ocasiones (Argelia, por ejemplo) podría ser una ayuda; en otros casos (Arabia Saudí) podría ser perjudicial.

¿Podría ser, muy al contrario, que el islamismo derive de la riqueza más que de la pobreza?. Es posible. Existe después de todo, el fenómeno universal de que la gente se vuelve más comprometida ideológicamente y más activa políticamente cuando han conseguido un nivel de vida lo bastante elevado. Las revoluciones tienen lugar, se ha señalado a menudo, cuando existe una sólida clase media.

Además existe un fenómeno específicamente islámico con la fe asociada al éxito. En la historia, desde la época de Mahoma hasta el Imperio Otomano un milenio más tarde, los musulmanes tenían normalmente más riqueza y más poder que los demás pueblos, así como mejor instrucción e higiene. Con el tiempo, la fe islámica llegó a estar asociada al bienestar terrenal, una especie de calvinismo islámico, realmente. Este vínculo parece que se da todavía. Por ejemplo, como se señala en la formulación conocida como "ley de Issawi" ("Donde hay musulmanes, hay petróleo; lo contrario no es verdad"), el auge del petróleo de los 70 benefició principalmente a los musulmanes; seguramente no es una casualidad que la actual ola de islamismo comenzara entonces. Viéndose ellos mismos como "los pioneros de un movimiento que es una alternativa a la civilización occidental", los islamistas necesitan una base económica sólida. Como señala Galal Amin, "puede haber una estrecha relación entre el crecimiento de los ingresos que tienen naturaleza de renta económica y el crecimiento del fanatismo religioso".

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Al contrario, los musulmanes pobres han tendido a estar más influidos por filiaciones alternativas. Durante siglos, por ejemplo, la apostasía religiosa ha tenido lugar principalmente cuando las cosas han ido mal. Ese fue el caso cuando los tártaros cayeron bajo el dominio ruso o cuando los libaneses suníes cedieron el poder a los maronitas. También fue el caso en 1995 en el Kurdistán iraquí, una región con un doble embargo y una guerra civil.

Tratando de vivir la vida en medio de fuego y pólvora, los campesinos kurdos han llegado al punto en que están preparados a abandonar todo para salvarse del hambre y de la muerte. Desde su perspectiva, cambiar su religión para obtener un visado a Occidente se convirtió en una posibilidad cada vez más importante.

Hay, brevemente, amplias razones para pensar que el islamismo procede más del éxito que del fracaso.

El ascensor al poder

Siendo el caso probable, es quizá más provechoso mirar menos a la economía y más en otros factores al buscar los orígenes del islamismo. Mientras las razones materiales atraen profundamente a la sensibilidad occidental, ofrecen poca orientación en este caso. En general, los occidentales atribuyen demasiados problemas del mundo árabe, observa David Wurmser, del American Enterprise Institute, "a causas ciertas materiales" como la tierra y la riqueza. Corrientemente se traduce en una tendencia a "minusvalorar la fe y la estricta adhesión a los principios auténticos y despreciarla como una explotación cínica de las masas por los políticos. Así, los observadores occidentales consideran a los problemas y a los líderes materiales como el núcleo del problema, no al estado espiritual del mundo árabe". Ahora bien, en la torpe enunciación de Osama ben Laden: "Como Estados Unidos adora el dinero, cree que los [demás] pueblos también piensan igual".

Si uno se aparta de los comentaristas sobre el islamismo y en su lugar escucha a los mismos islamistas, rápidamente se hace evidente que raramente hablan de prosperidad. El Ayatolá Jomeini lo expresó memorablemente: "No hicimos una revolución para bajar el precio del melón". En todo caso contemplan las sociedades consumistas de Occidente con disgusto. Wajdi Ghunayim, islamista egipcio, lo ve como "el reino del destape y de la moda" cuyo común denominador es una llamada a los instintos bestiales de la naturaleza humana. Los beneficios económicos para los islamistas no representan la buena vida, sino una fuerza añadida a combatir de Occidente. El dinero sirve para entrenar a los escuadrones y comprar armas, no para comprar una casa más grande o un coche último modelo. La riqueza es un medio, no un fin.

¿Un medio hacia donde? Hacia el poder. Los islamistas se preocupan menos de la fuerza material que de dónde se encuentran en el mundo. Hablan de ello sin parar. En una afirmación característica, Ali Akbar Mohtashemi, el déspota iraní, pronostica que "finalmente el Islam será el poder supremo". Igualmente, Mustafá Mashhur, un islamista egipcio, declara que el slogan "Dios es Grande" reverberará "hasta que el Islam se extienda por todo el mundo". Abdessalam Yassine, un islamista marroquí, asegura que "Pedimos el poder" - y el hombre que se atravesaba en su camino, el finado rey Hassan, concluía que para los islamistas, el Islam es "el ascensor al poder".

Tenía razón. Reduciendo la dimensión económica a sus justas proporciones, y apreciando las dimensiones religiosas, culturales y políticas, podemos realmente empezar a comprender lo que origina el islamismo.

Comentarios

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  • Fecha: miércoles, 23 de noviembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 0:57

Autor: Al_Turtusi

Me ha gustado sobretodo el final del artículo.
Te aconsejo leer una novela ambientada en el ascenso del islamismo en Argelia, allí verás, sobretodo por la mitad del libro, que piensan los islamistas sobre la prosperidad económica y la utilidad del dinero, aunque no aparezcan en ningún momento islamistas ricos.
Si, ya sé que a tí no te va lo no que sea científico y riguroso, pero es entretenido y se lee rápido, en dos tardes.
"En qué sueñan los lobos", de Yasmina Khadra, pseudónimo de un oficial argelino retirado.

Gran tipo el argelino que mencionas, Said Sadi, tal vez uno de los pocos con dos dedos de frente de la escena política argelina, kabyl tenía que ser, como no.

  • Fecha: miércoles, 23 de noviembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 8:20

Autor: Mislata1

"Si, ya sé que a tí no te va lo que no sea científico y riguroso"

No te creas, soy suscriptor del Private Magazine y a veces oigo la COPE.
Tomo nota de tu recomendación, además con más motivo viniendo de ti, si alguién sabe de estos temas es el gran Turtusi.
Gracias