MISLATAMAN: ORANGE POWER

domingo, 30 de octubre de 2005

Se acaban los recursos...ya, ya.

Uno de los argumentos que más parece convencer a la opinión pública mundial, y que tanto dió que hablar en los años 70, es el del agotamiento de los recursos naturales.
Se parte de la base de que, en la Tierra, existen cantidades limitadas de petróleo, carbón, hierro, cobre, aluminio, etc, y que las reservas de estas materias primas son ya conocidas y, en su mayor parte, ya están explotadas. Por tanto, procedería su racionamiento a cargo de alguna instancia supranacional (la ONU, por ejemplo), o incluso severos controles de natalidad, como proponía el biólogo Paul Ehrlich en los 70, ya que el ritmo de consumo actual agotaría muchos de ellos en el lapso de apenas dos generaciones.
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Sin embargo, hay algo que jamás nos han aclarado los ecologistas: ¿qué entienden ellos exactamente por "recurso natural"?

Carl Menger, en sus Principios de Economía Política, señaló qué requisitos debe cumplir una cosa para convertirse en un bien económico, en un recurso:

*Ser susceptible de satisfacer una necesidad humana.

*El conocimiento de que existe una relación causal entre esa cosa y la satisfacción de esa necesidad.

*Capacidad del ser humano para emplear esa cosa en la satisfacción de sus necesidades.

Este último de los requisitos quiere decir que para que algo sea un recurso debemos tener el control físico y la capacidad material y técnica para poner la cosa mediante una o sucesivas transformaciones en las condiciones requeridas para que satisfaga nuestras necesidades. Es necesario tener esta idea siempre presente.

Es decir, por un lado están las necesidades humanas, y por otro, cosas que pueden satisfacerlas. Pero es el hombre quien debe descubrir la forma de poner esas cosas -que siempre han estado ahí-a su disposición y al alcance de su mano, es decir a su servicio.

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Por ejemplo, el hierro y el cobre siempre han estado presentes en la Tierra desde su formación como planeta. Sin embargo, no fue hasta hace unos tres o cuatro mil años que el hombre aprendió a servirse de ellos. El petróleo, a mediados del siglo XIX, era "la maldición de Texas", hasta que se inventaron los motores de explosión. En el subsuelo de Gran Bretaña y de Alemania había carbón desde la Era Terciaria; sin embargo, no se empleó intensivamente hasta la Revolución Industrial. Lo mismo sucedió con el aluminio, el uranio y muchos otros recursos naturales.

El clásico enfoque pesimista, recurrente a lo largo de la Historia, sobre el futuro de la Humanidad, niega la posibilidad de progreso sobre la base de que "todo está ya inventado y descubierto". Es la misma postura de quienes creían, a principios del siglo XX, que la oficina de patentes de Londres tendría que cerrarse, puesto que todo lo inventable estaba ya inventado.
Los intelectuales siempre han sentido debilidad por los cuadros tétricos acerca del futuro de la Humanidad. Malthus no es la excepción, sino, más bien, la regla.

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Sin embargo, Julian Simon en "El recurso definitivo" ilustró muy bien el principio mengeriano que relaciona bienes económicos con conocimiento y control técnico. Por ejemplo, al discutir en relación con el petróleo, el concepto de "reservas conocidas" advirtió que estas se definen sencillamente como la cantidad total existente en las zonas que han sido estudiadas y parecen prometedoras con las técnicas de extracción actuales:

"Las personas, las empresas y los gobiernos contribuyen a crear reservas conocidas investigando -en áreas prometedoras- mucho antes del momento en que los pozos se van a perforar -lo suficientemente antes para permitirles preparar con tiempo las cosas, pero no tan lejos del momento de la explotación que las inversiones en los gastos de prospección dejen de obtener unos beneficios satisfactorios-. La idea fundamental aquí es que producir información acerca de las llamadas "reservas conocidas" cuesta dinero, y por esto la gente sólo creará tantas reservas conocidas como sea beneficioso crear en un momento dado. La cantidad de "reservas conocidas" en un momento dado nos dice más sobre los beneficios que se esperan de los pozos petrolíferos que sobre la cantidad de petróleo que hay en el yacimiento. Y cuanto más alto sea el costo de la exploración, tanto menor será la cantidad de reservas conocidas que es rentable crear."

Las "reservas conocidas" son como los alimentos que ponemos en nuestra nevera en casa. Almacenamos víveres suficientes para unas pocas semanas o unos días -no demasiados para que no tengamos que almacenar una cantidad tan grande que rebosaría nuestro frigorífrico, obligándonos a un innecesario gasto en las tiendas, y no tan pocos que no podamos salir adelante si se presenta un acontecimiento imprevisto, por ejemplo, la llegada de un invitado, o una tormenta de nieve que nos impida salir de casa. La cantidad de alimentos de nuestra despensa dice muy poco, o no dice nada, sobre la escasez o no de alimentos de nuestro barrio, porque en principio no guarda relación con la cantidad de alimentos disponible en los supermercados. Del mismo modo, el petróleo en la "despensa" -la cantidad de reservas conocidas- no nos dice nada acerca de la cantidad de petróleo que se puede obtener a largo plazo con varios costos de extracción.

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Tratando de poner freno al necio catastrofismo que dominaba el mundo durante los 70 y completamente seguro de sus convicciones, Julian Simon ofreció públicamente apostar 10.000 dólares a que el precio de las materias primas no controladas por el gobierno (incluyendo los cereales y el petróleo) no aumentaría a largo plazo. Podía elegirse cualquier materia prima de la que uno pensara que tuviese los días contados. En definitiva, Simon sostenía que, cualquiera que fuese la materia prima elegida, ésta sería más abundante en el futuro y, por tanto, su precio tendería a abaratarse. Si alguien aceptaba la apuesta, Simon se comprometía a pagar la diferencia en el precio, en el caso de que éste fuera superior, y viceversa, si el precio era inferior, quien debía pagar la diferencia era el adversario.

Paul Ehrlich, autor de Population Bomb (1968) -donde se pronosticaba que antes del año 2000, 65 millones de estadounidenses perecerían de inanición y para quien la única solución a la escasez era controlar la natalidad por medio de programas masivos de esterilización obligatoria-, y quien había mantenido agrias polémicas con Simon a raíz de la publicación de sus libros catastrofistas, aceptó la apuesta, aunque en menor cuantía. Ehrlich y sus amigos escogieron cinco metales: cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno. Luego, sobre el papel, compraron doscientos dólares cada uno, para una apuesta total de mil dólares, tomando como índice los precios del 29 de septiembre de 1980 y estableciendo un periodo de diez años, hasta el 29 de septiembre de 1990.

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Mina de cobre


Simon tenía razones para el optimismo: las reservas de estaño habían aumentado entre 1950 y 1970 de 6 millones a 6,5 millones de toneladas. En el mismo periodo, las reservas de plomo se habían doblado, las de petróleo quintuplicado y las de hierro se multiplicaron por doce. Pues bien, entre 1980 y 1990, la población mundial había crecido en más de 800 millones de personas, el mayor aumento en una década en toda la historia de la Humanidad. Pero en septiembre de 1990, el precio de todos y cada uno de los metales seleccionados por Ehrlich, incluso sin tener en cuenta la inflación, había bajado y, en algunos casos, se había desplomado. En promedio, las cinco materias primas se habían abaratado un 38,2%. Por ejemplo, el estaño, que habían comprado a 200$ la libra, había bajado a 56$ en 1990. Ehrlich pagó 576$ a Simon, y en la BBC, dijo "Fue una apuesta excelente. Resultó que nosotros perdimos. Puedes perder haciendo una apuesta excelente".

Y en otra entrevista afirmó: "La apuesta no significa nada. Julian Simon es como el tipo que se lanza desde el rascacielos Empire State y comenta lo fantásticas que son las cosas mientras pasa por el décimo piso. Yo sigo pensando que el precio de esos metales subirá finalmente [...] No me cabe la menor duda de que en algún momento del próximo siglo el alimento será tan escaso que los precios van a ser altos incluso en los Estados Unidos". Curiosamente Ehrlich y sus partidarios se negaron siempre a la invitación de Simon a repetir duplicada una apuesta "tan excelente".

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El tio Simon, que gran crack.


Mientras tanto, Ehrlich y su mujer -incorregibles- publicaron otro panfleto catastrofista, "The Population Explosion", en el que predecían que "el número de seres humanos está en rumbo de colisión con vastas hambrunas". Eso sí Ehrlich y los ecologistas desistieron de apostar su dinero de nuevo por el "agotamiento de los recursos naturales".

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El tio Ehrlich, un triste.


Esta apuesta y sus resultados ilustran las enseñanzas de Menger, esto es, que el valor e importancia que se atribuye a los bienes depende de las necesidades que puedan satisfacer, lo que, a su vez, está en función de nuestro conocimiento de la relación causal que existe entre el bien y la satisfacción de nuestra necesidad, así como de nuestra capacidad para controlarlo y servirnos de él.

Es, pues, el ser humano el que crea los recursos naturales, y su ritmo de creación y administración viene determinado por el número de necesidades que pueden satisfacer, expresado en los precios del mercado. La naturaleza se limita a ofrecer las posibilidades de crearlos, en forma de elementos químicos y energía, en todas sus manifestaciones conocidas y por conocer. Por tanto, aun cuando el petróleo u otras materias primas acabaran agotándose un día (muy lejano, antes sus precios subirán lo suficiente como para hacer rentables nuevas formas de extracción, explotación y empleo más eficaces), el hombre podría convertir -aplicando su inteligencia y su esfuerzo- la materia en "recursos naturales".

Apenas hemos empezado a descubrir la composición y propiedades íntimas de la materia, pero ya sabemos lo suficiente como para aventurar que con materia, energía y los conocimientos adecuados puede lograrse casi cualquier cosa. La naturaleza nos aporta materia y energía en cantidades prácticamente ilimitadas. Por ejemplo, una sola tormenta eléctrica desata más energía que la que los seres humanos pueden producir en un año por métodos convencionales. Lo mismo puede decirse de la energía manifestada en las mareas oceánicas, de la que proporciona diariamente el Sol, de la presente en la actividad volcánica, la que se obtiene de la fusión de dos átomos de hidrógeno, de la contenida en los tornados, ciclones y huracanes, etc. Si bien se mira, lo único verdaderamente escaso es el factor humano, la inteligencia aplicada a convertir lo que hoy son fenómenos incontrolables de la naturaleza en fuentes de energía y recursos productivos.

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No obstante, la inteligencia y esfuerzo humanos sólo pueden florecer en un ámbito donde exista libertad para producir, intercambiar e investigar nuevas formas más eficaces de satisfacer nuestras necesidades. Y tanto la teoría como la experiencia han demostrado que ese ámbito sólo puede proporcionarlo la economía de libre mercado, el único sistema que permite armonizar los intereses de todos los individuos y que rompe el maleficio que tanto se complacen en airear los enemigos de la libertad: "el progreso de unos implica el empobrecimiento de otros".

Es precisamente cuando se aplican las medidas de control propuestas por los ecologistas indocumentados cuando sobreviene la parálisis del crecimiento y las hambrunas.

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